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Otra Historia del Destino

TEMPORADA 1
Empezar de Cero

Episodio I: Equilibristas

Así empezó nuestra historia, como empiezan la mayoría, desde el silencio. Nuestras vidas corrían por caminos paralelos y nuestros pensamientos se asemejaban tanto, que tarde o temprano nos encontraríamos para cambiar, o descubrir, aquello que el destino nos tenía preparado.

 

El año 2003 me encontraba viviendo en Mar de Ajó, una localidad del Partido de La Costa que realmente no tiene nada destacable, ni interesante, al menos para un joven de 16 años con toda la vida por delante. Pero allí fui llevado con una condena de dos años. Ese era el tiempo que debía esperar para volver a partir, algo que desde un principio ya deseaba profundamente.

 

Una vez más en mí vida me situaba dentro del mar de la incertidumbre, esperando que algún compañero se acercara para saludarme, para preguntarme mí nombre, de dónde venía, o cualquier otra sencillez que alejara mi propia sombra.

 

La escuela para todo adolescente es un mundo complicado, donde entran en juego cientos de variables: muchas manejables y otras no tanto. En mi caso, estaba sólo, no conocía a ninguno de mis compañeros y estaba expuesto: tenía puesto un buzo de mi querido Club Atlético Independiente.

 

Sin embargo, fue gracias a ello que se me arrimó un colega conocido por todos en el barrio bajo el alias de “Pappo”. “Gracias” digo ahora, porque cuando el morocho se me puso al lado y me dijo: “mira que acá los del rojo no la pasan nada bien”, pensé en pedir ser trasladado a cualquier otro colegio, o incluso hasta una cárcel sonaba mejor en mi cabeza.

 

Pappo llevaba un short de San Lorenzo y, ante mi silencio, no dejó pasar mucho tiempo para decirme “te jodo nomás, ¿cómo va todo?”. Me sentí aliviado y comenzamos a charlar como si fuésemos viejos amigos. En cuestión de minutos pudimos hacer amistad y retornar al aula juntos para disfrutar de la primera clase del año en el Polimodal Número Uno, General San Martín.

 

La verdad es que desde un principio Mar de Ajó me pareció bastante cándido, como si se hubiese creado de la mano de unos cuántos tipos diciendo “y no sé, ponele a todo el nombre de presidentes, generales, etcétera”. Por lo que las calles se llaman Hipólito Irigoyen, Mitre, Belgrano; la escuela San Martín, el hospital también San Martín, la plaza obviamente San Martín y la avenida principal… Avenida San Martín.

 

Pero con el tiempo llegaron tipos inteligentes y lograron cambios increíbles e innovadores, como, por ejemplo, la Avenida San Martín cambió de nombre y ahora se llama Avenida Libertador.

 

El colegio se ubicaba a tan solo una cuadra del mar, por lo que solía perderme en el hermoso sonido de las olas arribando a la orilla durante los silencios de los exámenes que ponían a prueba mi capacidad de repetir el contenido instruído. Hacia el sur, doblando a la derecha por Costanera, es hermoso perderse por los médanos que te invitan a pasear por el barrio El Silvio. Hacia el norte, un corto camino al Centro de Mar de Ajó y siguiendo en la misma dirección, pasando por la zona norte de la localidad, algunas cuadras más para meterse en el territorio de San Bernardo.

 

Al cabo de unas cuántas clases fui conociendo a otros compañeros, pero ninguno me resultaba demasiado agradable. La mayoría tenía “personalidad de pueblo”. Lamentablemente, las nuevas generaciones en los pueblos chicos están compuestas por una forma de ser bastante competitiva, individualista y dependiente de cosas como la reputación, los vínculos, lo material, el qué dirán, y otros aspectos que, si bien en la ciudad también se notan, me hacían sentir un completo extraño.

 

Pese a ello, fui generando nuevas amistades con algunos de los compañeros, y enemistades con otros tantos. Al principio solamente me sentía en la misma línea que Pappo, que si bien había nacido en Azul (otro pueblo de la Provincia), había vivido toda su vida en la costa y era conocido por todos los habitantes de la zona.

 

Lo presentía y el tiempo me dio la razón: Pappo era un pibe feliz y la pasaba bárbaro en la costa, pero por dentro sabía que al finalizar el secundario tenía que marchar, tenía que salir a buscar posibilidades en las grandes ciudades del país, no en pueblos donde, como dicen muchas personas, “se va para vegetar”.

 

Por cosas de pibes, mi mayor enemistad era con Tincho. Pero con el paso de los días nos fuimos acercando al punto de cubrirnos las espaldas de aquellos que buscaban amedrentarnos y convertir nuestro paso por “la uno” en un verdadero infierno. Nos fuimos volviendo amigos y nos veíamos fuera del colegio, lo cual era un gran paso para mí ya que no tenía mucho que hacer durante el día.

 

Al principio no había mucha onda, llevaba casi tres meses en la escuela y ya había tenido dos encontronazos con un compañero conocido por su enorme cabeza, apodado sin lugar a más: “Cabezón”, y él se había mostrado siempre de su lado.

 

En uno de esos cruces llegamos al punto de empujones e insultos en medio de una clase de educación física. El profesor, Pappo, Lucho y otros compañeros saltaron a separarnos y las cosas se enfriaron al punto de que cada uno siguió su camino a la salida y las apuestas sobre nosotros de cara a la pelea quedaron desestimadas.

 

En esa caminata hacia mi casa fui interceptado por Tincho que venía a bordo de su bici ruidosa y oxidada. Fue una situación extraña, pensaba que su intención era atocigarme, pero, por el contrario, bajó de su vehículo y caminó a mi lado hasta la cuadra de mi casa.

 

Pese a que con ello comprobé que realmente era un pibe raro, también me di cuenta que Tincho era buena gente y que evidentemente solo quería formar parte de un grupo y tener buenos amigos, como cualquiera de nosotros.

 

No se lo dije en el momento, pero pensé que aquel grupito del que formaba parte, junto con el “Cabezón”, en realidad no era un grupo de amigos, sino que era un rejunte de soledades. Tincho no debía formar parte de esa junta porque claramente era un buen pibe y sabía claramente lo que lo que quería: Él también tenía la intención de partir algún día.

 

Todas las miradas cayeron sobre nosotros cuando al día siguiente nos saludamos como si fuésemos grandes amigos y nos quedamos charlando en la entrada de la escuela hasta que el timbre indicara la orden de ingresar al establecimiento e iniciar las clases. Me senté en el lugar de siempre, junto a Lucho.

 

Lucho era un pibe excelente, un tipo de campo, un verdadero paisano. Era un pibe de la naturaleza, trabajador, solidario, humilde y de gran corazón. A Lucho no le interesaba dejar esa vida, no quería abandonarlo todo y arriesgarse a embarcarse en un viaje al mundo, en un barco hacia un nuevo frente de batalla. Lucho era un paisano y así moriría, como el viejo Martín Fierro que tanto nos hicieron leer en las clases de Lengua y que siempre recordaríamos en los años siguientes.

 

Mi gloria es vivir tan libre

Como el pájaro del cielo:

No hago nido en este suelo,

Ande hay tanto que sufrir,

Y naides me ha de seguir,

Cuando yo remuento el vuelo.
 

(Martín Fierro - José Hernández)

 

Era libre y lo sabíamos, no necesitaba más nada. Era feliz así y así seguiría.

A lo largo de los meses observaba a un compañero que me hacía recordar mucho a un viejo amigo mío de Buenos Aires y de alguna manera me daban ganas de acercarme a él. Pero después de mirarlo seguido durante tanto tiempo, se pensaba que yo estaba enamorado de él, por lo que que me costaba acercarme.

Fue a mitad de año que había que formar parejas en la clase de geografía y justo tanto mi compañero de banco como el suyo había faltado, por lo que no quedó otra que armar grupo juntos.

 

Lucas, más conocido como “El Pega”, era realmente un desastre en la escuela y a lo largo del ciclo escolar ya había tenido varios problemas de conducta frente a la mayoría de los profesores, por lo que, de alguna manera, además de tener casi todo desaprobado, “se la tenían jurada”.

 

Pero Argentina tiene esas cosas y en la escuela para pasar de año solo era necesario tener aprobado el último trimestre, por lo que, pese a la tinta roja en su boletín, El Pega todavía tenía chances de remontar las materias.

 

Mientras hacíamos el trabajo intenté generar un diálogo con mi compañero, pero me costaba bastante, él guardaba silencio y solamente hacía referencia a las consignas del práctico y no a otros temas de la vida cotidiana.

 

Hasta que El Pega finalmente picó y logré conquistarlo, sabía que había un tema del cual estaba dispuesto a hablar: “Che Lucas, siendo sincero, ¿qué te parece la profe, muy linda, no?”. Claro que me referí a mi compañero por su nombre ya que aún no teníamos la confianza suficiente. Pero luego de una breve charla sobre la belleza de la profesora, Lucas pasó a ser El Pega, y yo pasé a ser Maurito.

 

Así como a Pappo y a Tincho pude leerles la mente y darme cuenta que ellos pensaban lo mismo que yo, en El Pega no encontraba ninguna idea, ni siquería si deseaba partir o si prefería quedarse. Era un pibe que se podría denominar como “tiro al aire”, vivía el día a día al máximo y en ese momento solamente dos cosas lo ataban a la costa: su novia, Cecilia, y su amor más profundo, el Mar.

 

Faltaba mucho aún; el primer año, que era el segundo del polimodal (de un total de tres) de a poco se terminaba y según nos decían los mayores, a nuestra historia le faltaba lo mejor: el último. Sin embargo, mi cabeza desde ya estaba en otro lado, pensaba en volver a la ciudad, dejarlo todo y salir de ese pueblo que parecía querer atarme al olvido y a la resignación.

 

En ese año me fui adaptando a los cambios y al pueblo que de a poco me empezaba a parecer pintoresco. Me volqué hacia diferentes deportes, conocí chicos de otros lados, tuve una o dos novias que hacían el invierno un poco menos frío y también empecé a vivir momentos inolvidables junto al Tincho, a Pappo y a El Pega.

 

El grupito de a poco se fue consolidando y el trabajo en conjunto permitió que todos pasáramos de año sin demasiados problemas, excepto El Pega que tuvo que estudiar gran parte del verano para rendir las cinco materias que se había llevado.

El 2004 se presentaba alentador, había que aprovecharlo.

Episodio II: Génesis

La principal diferencia que sentía entre Mar de Ajó y la ciudad de donde venía era el ritmo con que se llevaba la vida. Anteriormente vivía como si cada día fuese el último, corriendo para todos lados, de acá para allá desde las siete de la mañana hasta las doce de la noche, sin siesta en el medio y con por lo menos tres o cuatros viajes en colectivo o en tren a lo largo de la jornada.

 

En Mar de Ajó el tiempo sobraba. Caminaba ocho o diez kilómetros por día porque no tenía apuro en llegar a ningún lado. Me iba a San Bernardo a entrenar y pateaba las treinta y cinco cuadras tranquilo, como para no llegar demasiado temprano.

 

A la escuela íbamos de tarde y para ir me levantaba quince minutos antes de entrar, porque claro, a la noche nos quedábamos mirando alguna pelicula o disputando una intensa partida de truco.

Cualquiera que desconoce cómo es la vida en la costa debe pensar que es realmente precioso tener el mar a un par de cuadras y poder pisar la arena todos los días del año. Lo que no saben, es que a los pocos meses, ese mar, ni siquiera se registra y hasta resulta molesto el viento frío que arrastra, y la arena que siempre se las ingenia para meterse en lo más fondo de cada zapatilla.

 

No los culpo, a veces pienso que debe ser hermoso abrir la ventana y ver las montañas o las sierras, pero seamos sinceros, ¿cuánto tiempo debe pasar para naturilzasr ese paisaje y desear algo nuevo?

           

Por esas cosas de pendejos con mi hermano mucho no nos hablábamos y disfruté muchísimo cuando se mudó a Santa Teresita para vivir con la novia y seguir la carrera de Periodismo en la Extensión de la Universidad Nacional de La Plata.

 

En ese momento me volví una especie de “hijo único” y hacía prácticamente lo que quería, aunque claro, mucho no hacía… En Mar de Ajó las chicas eran pocas, contadas con los dedos, y la gan mayoría tenían novio e incluso muchas de ellas hijos e hijas.

 

Los sábados por la noche solíamos salir de parranda al único boliche que permanecía abierto durante todo el año. Ninguno tenía auto y la guita apenas alcanzaba para la entrada, por lo que pedaleábamos 30 cuadras por la Avenida Tucumán hasta las cercanías del boliche y escondíamos la bici en alguna casa de temporada.     

 

Lo bueno y lo malo de la noche costera era que solamente había un lugar para salir. Lo positivo era que el lugar siempre se llenaba, y que si existía la intención de curzarse con alguien (una dama, un amigo, un familiar, etc), allí iba a estar. Lo malo era que, si no te querías cruzar a alguien, allí ibaa a estar también.

 

Desenfreno total en semana santa, vacaciones de invierno y feriados perdidos durante el año. “Carne fresca” decían los más grandes cada vez que aparecía alguna porteña en esos momentos del año, pero claro, todos atrás de la misma sortija y nosotros sin siquiera subirnos a la calesita.

 

Pero no nos quejábamos, siempre algo picábamos y como compañeros generosos siempre pedíamos “una amiga para mi amigo”. Puterío si los hay, en la costa todos se conocen y todos de alguna manera se relacionan. La hermana de aquel, la novia de fulano, la ex de tal, la tía, la sobrina, la madre, etc. Toda una gran familia.

 

Me fui adaptando y fui aprendiendo a acomodarme. Mucho no me interesaba porque sentía que me quedaba poco tiempo allí, pero había que vivir el día a día y sacarle lo mejor a aquello que me había tocado, como hay que hacer siempre.

 

Ese verano, el del 2004, trabajé por primera vez en mi vida y justamente para una importante empresa: Arcor. Pappo también trabajó ahí. El Pega, en cambio, lo hacía con su viejo en la verdulería familiar y El Tincho era un pescador nato: se metía en lancha durante el día y de noche pasaba varias horas en el muelle, para luego vender en diferentes puntos de la costanera.

“Ustedes se quejan de que en invierno se aburren y se cagan de frío, pero se pasan todo el verano en la costa de joda y en la playa”, solían decirnos algunos turistas que venían a despilfarrar sus billetes de dos pesos por la Costa Atlática. Lo cierto es que mientras todos disfrutan de la playa y de la movida nocturna, los habitantes de la costa apenas ven la luz del día o las estrellas de la noche.

 

Junté unos buenos mangos en esa temporada y ahorré una parte de ello con vistas a mi meta de escaparme de la costa al año siguiente, una vez finalizado el secundario. Si bien mis viejos me inculcaban a seguir el mismo camino que había tomado mi hermano, o sea, quedarme a estudiar algo en la extensión o en la privada, en ese momento mi cabeza estaba puesta en Mar del Plata, la ciudad más grande a menor distancia.

 

Lo presentía y estaba seguro, Pappo y El Tincho se querían ir de Mar de Ajó tanto como yo, y aunque El Pega mucho no lo pensaba, seguramente al saber que nosotros partiríamos, se inclinaría hacia nuestro lado para embarcarse en la aventura.

 

Lo que nunca habíamos hecho hasta el momento era hablar sobre el tema, nadie mencionó nunca la idea de marchar. Ahora, si hablamos de destino, por algo los cuatro nos fuimos uniendo al punto de convertirnos en un cuarteto inseparable, dispuestos a dar la vida el uno por el otro.

 

En ese último año ocurrieron una serie de sucesos inolvidables que fortalecieron aún más nuestra amistad y nuestro lazo para seguir por un increíble e inolvidable camino. Teníamos todo por delante, debíamos dar el primer paso.

Episodio III: Un Lugar en el Mundo

En el Partido de La Costa se dice que la gente que vive allí llegó “escapando de algo”. Esto no se refiere precisamente a tipos prófugos ni mucho menos, pero sí a personas que se han cansado de vivir en el caos constante de Capital Federal o en el problema diario de la inseguridad de Zona Sur o Zona Oeste. De haberse separado o divorciado y seguir con problemas familiares, de estar hasta el cuello con problemas económicos o financieros, de haber agotado las puertas de la política o de los sindicatos, o de haber participado en el golpe militar del 76’ de alguna manera, mayormente desde el lado genocida.

 

En el otro rincón están los “localistas”, aquellos que viven en la costa desde su fundación o que nacieron allí en los comienzos del desarrollo del Partido. No hay que dejar a un lado el hecho de que Mar de Ajó y San Clemente (las dos localidades más viejas del Partido) comenzaron a poblarse recién a partir de 1950.

 

Lo concreto es que cuando llegué con mi familia a Mar de Ajó no éramos los únicos nuevos, eran tiempos de exilio donde la gente buscaba más tranquilidad y nuevos vientos. Para ese entonces, la población había crecido y la totalidad de habitantes sumaba un total de 75.000 personas dispersadas en los 96 kilómetros de largo y los 3 kilómetros de ancho que tiene el Municipio.

 

En cuanto al gobierno y a la política hay algunos datos muy particulares. Hay muchos empresarios que no son de la costa pero que han hecho sus inversiones allí y que influyen bastante en los juegos de la toma de decisiones. Por lo que pese a que no voten, igualmente intervienen desde su opinión y su crítica cada vez que hay elecciones. Por otro lado, también hay otra porción de personas que no residen todo el año en la costa pero que están domiciliados allí y deben votar siendo un poco ajenos a la situación del día a día en su localidad, e incluso sin conocer demasiado a los candidatos locales.

 

La vida cotidiana y la política están directamente ligadas aunque muchos no lo vean, y la burocracia que hay en el Partido de La Costa hace de ese un lugar que uno difícilmente pueda llegar a querer siendo de afuera. El chamuyo de “turismo todo el año” aparece en la campaña política de todos y cada uno de los candidatos, pero ninguno jamás lo cumple. No hay ideas, todo sigue igual.

 

Las tres principales localidades del Partido de La Costa por el número de habitantes y por atractivos turísticos son: Mar de Ajó, San Clemente y Santa Teresita. Luego aparece la localidad cabecera, donde se ubica la Municipalidad, Mar del Tuyú. En estas cuatro localidades radica el 90% de la población del Partido de La Costa mientras que las ocho restantes simplemente son utilizadas como balnearios turísticos durante la temporada de verano.

 

En el Partido de La Costa la visión sobre la política es similar a la del resto del país: la gente siente que la misma está bastante deslegitimada, que los políticos son todos iguales y que los candidatos prometen y prometen para después llenarse los bolsillos con la plata de la gente y no cumplir con aquello que habían prometido.

 

La corrupción es algo que ya se ha naturalizado en la costa como en casi todos los ámbitos políticos. Son muchísimos los gobernantes y los candidatos para cada elección que tienen en sus espaldas casos de corrupción durante una gestión pública, o desde el sector privado. Si hay alguien honesto igual todos piensan que es un corrupto, no existe la esperanza.

 

En el Partido de La Costa desde 1980 hasta la actualidad siempre gobernaron los mismos apellidos, unos peronistas y otros radicales, unos padres y otros hijos. Hay pocas caras nuevas, poca iniciativa y mucha decepción año tras año.

 

Todo queda en familia y siguen gobernando. Lo puntal es que en La Costa todo está a la vista, la gente ve muy de cerca el enriquecimiento de los políticos y nota a la legua el descuido que sufren los barrios desde una punta a la otra del Océano Atlántico.

 

Quizás por esto mismo el lema “mejor malo conocido que malo por conocer” encaja perfectamente en el Partido de La Costa, donde siempre han gobernado los mismos personajes y poco ha cambiado desde el regreso de la democracia.

 

La realidad en este rincón del mundo es como la de muchos otros rincones, desinterés y desinformación. La política es ajena a la vida cotidiana de las personas, las elecciones son un trámite más, una molestia con la que hay que cumplir para sacársela de encima y seguir adelante con el día a día.

 

Lo concreto, es que la gente siempre dice estar cansada de los políticos que gobiernan la costa pero votan siempre a los mismos, aquellos que se han puesto la corona por ser intendentes o concejales, que se han construido mansiones frente al mar y que andan en un Audi TT o en un Porsche descapotable.

 

La decepción se había generalizado en las localidades costeras, ya no había credibilidad, no existía el optimismo a la hora de ir a las urnas. Cada cual buscaba salvar su pellejo, sacarle el máximo jugo a las temporadas de verano y resistir el resto de los meses del año.

 

Nosotros sabíamos que no queríamos eso para nosotros, necesitábamos una alternativa, no podríamos adaptarnos a esa realidad. Por dentro, algo comenzaba a urgir y buscaríamos respuestas.

Episodio IV: Gritando con Todas las Ganas

Empezamos el nuevo ciclo escolar consolidados como grupo y sin separarnos en ningún momento. Nos sentábamos los cuatro juntos en el fondo del aula, El Pega y yo atrás de todo y Pappo junto a El Tincho en el banco delante del nuestro.

 

Sabíamos que sería un año divertido y con mucha libertad, o así nos lo habían pintado los amigos que ya habían vivido ese último ciclo del secundario. Pese a ello arrancamos decididos a meter todas las materias, a terminar el año sin inconvenientes y a disfrutar de cada día pasándola bien juntos y sin meternos en líos con las enemistades del curso.

 

Con el paso del tiempo nos fuimos afianzando aún más como amigos y nos fuimos conociendo en profundidad, así como el mar conoce a la arena, como una plaza a una arboleda, como la luna a las estrellas y como el Diego a Caniggia en el mundial 94’.

 

Otro componente importante que hizo a la unión del grupo fue el mazo de naipes que llevaba El Pega siempre en su mochila. El truco se había vuelto un vicio y aprovechábamos cada recreo y cada hora libre para desatar una partida que podía terminar en chistes y risas, o en pelea y discusión.

 

Nos tomábamos muy en serio cada partido y ese mazo de cartas de alguna manera se había vuelto uno más del grupo, un factor de unión y aquel amigo al que recurríamos cada vez que podíamos para enfrentar el aburrimiento dentro de la escuela.

 

Pero en ese 2004 no todo fue color de rosas como planeábamos, porque pese a nuestros intentos por mantener la paz, no podíamos agachar la cabeza en ciertas ocasiones y era en momentos como esos cuando el fin del mundo parecía acercarse.

 

Durante ese año ocurrieron algunos acontecimientos que claramente marcaron la vida personal de cada uno de nosotros. A su vez, eso significó un proceso mayor de resignificación del grupo y un avance hacia la boletería del Rápido Argentino para abandonar la costa y arrancar de cero en alguna tierra lejana.

 

El “boca en boca” en la costa lo es todo, los rumores volaban a través de las diferentes localidades como por arte de magia. Mar de Ajó y San Bernardo son prácticamente una sola localidad durante el invierno ya que las distancias se hacen aún más cortas y los colegios de ambos pueblos reciben estudiantes de uno y otro barrio.

 

Lo que le pasó a El Pega en el boliche Bonanza de San Bernardo se extendió a lo largo de todo el Partido en cuestión de minutos. Su vida cambiaría rotundamente después de aquel episodio.

 

Era un noviazgo como cualquier otro, se veían bastante seguido y los lazos comerciales entre los padres de El Pega y los de Cecilia iban de la mano de la fortuita relación que tenía nuestro amigo con su pareja.

 

Sin embargo, El Pega nunca lo vio desde esa óptica, lo suyo era amor en su estado más puro, amor ciego. La pasaba a buscar por su casa para ir al colegio, se veían en cada recreo, la esperaba a la salida, le proponía paseos los fines de semana y pensaba en ella todas las noches antes de dormirse y adentrarse en sus maravillosos sueños que siempre compartía con nosotros al día siguiente.

 

Era su vida y su pasión en aquella época y justamente por ello fue que le dolió tanto volver del baño del boliche y encontrar a su amor en manos de otro hombre, como enamorada. Esa sensación de que había sentimientos por parte de ella le dolieron aún más que la infidelidad en sí misma.

 

Pappo ya se lo había advertido, yo algo le había comentado y El Tincho hasta prometió algunas fotos, pero El Pega descreía por completo. Al encontrarse con esa situación nuestro amigo increpó muchacho, que no era ni más ni menos que el dueño del boliche, y lo invitó a salir a la calle para “comerse flor de paliza”. No fue necesario para Guillermo Chot, quien llamó a dos de sus patovicas y El Pega fue escoltado hasta la salida entre empujones, insultos, golpes y escupitajos.

 

_ Maurito, vamos con El Pega que debe estar hecho mierda.

_ ¿Por qué decís eso?

_ Y boludo, acaba de encontrar a su novia con otro loco acá en Bonanza, me parece que no es para menos.

_ Pappo dejate de joder que lo sabía todo el mundo, si él no lo vio venir que se joda, nosotros le dijimos varias veces ya.

_ Bueno, o vamos afuera con El Pega a ver cómo anda o vamos a charlar con aquellas dos chicas sentadas en la mesa de la esquina que están divinas.

_ Olvidate, vamos con las chicas. Acordate que hoy es “noche de vale todo”, tampoco tenemos que apuntar tan arriba.

_ Hagamos un intento y si no hay mucha onda movemos rápido. Ya son cuatro y media, queda poco más de una hora para el cierre, si estas dos no nos dan cabida vamos a dar un vueltín y que sea lo que dios quiera.

_ Bueno dale, vamos por ellas tigre.

 

El Pega no se quedaría de brazos cruzados y al salir del boliche volvió a su casa casi desesperado, pensando en cada momento un plan de acción para vengarse de su –ahora- ex novia.

 

Al otro día se despertó frustrado, sabiendo que no podría salir a la calle porque la burla lo acompañaría paso a paso por cada calle de Maraja. Desayunó junto a su viejo y fue al grano.

 

_ Papi no quiero que le lleves más pedidos a los viejos de Cecilia.

_ ¿Por qué hijitus? Son buenos clientes. Además, sabés que siempre les hago descuento justamente porque son tus suegros.

_ Por eso mismo papi, ya no son más mis suegros.

_ ¿Te volvió a dejar por otro? ¿Qué hiciste esta vez hijo?

_ No, no, el que tomó la decisión final fui yo. Se acabó para siempre, y no solo eso, cuando pueda me voy a ir de este pueblo para nunca más volver.

_ Hijito, no seas tan trágico, tarde o temprano ibas a terminar con ella, lo sabíamos todos.

_ Papi, yo te pido eso sólo, que no le lleves más las papas y el choclo, que se arreglen con otra verdulería o que vengan a buscar la mercadería ellos mismos. No quiero que seamos nosotros los que les hagamos los mandados, por más guita que nos entre gracias a ello.

 

El Pega estaba decidido y había comenzado rompiendo los lazos comerciales. El próximo paso sería atacar desde otro lugar.

 

_ Pochito, Nico, Osito, necesito que me den una mano. Llamemos a los pibes y demos una vuelta por el local de Cecilia en la camioneta que le tengo preparada una sorpresa.

_ Pega, si vas a hacer algo por lo que pasó anoche no seas boludo, la gente te apoya a vos. Es más, hoy me llamó mi primo de San Clemente y me dijo que allá están todos de tu lado, que Cecilia se mandó cualquiera.

_ No me importa, yo necesito vengarme. ¿San Clemente? ¿Hasta allá llegó la noticia?

 

El plan de El Pega era sencillo y lo cumplimos al pie de la letra. Pasamos una y otra vez por la puerta del local de los viejos de Cecilia mostrando el culo desde la camioneta y con una pancarta enorme que decía “por acá nos deslizamos a tu hija”.

 

A la quinta vuelta nos detuvo un patrullero y pasamos la noche en la comisaría de Mar de Ajó. Fue en esa celda donde nos abrimos a charlar de temas profundos, sacamos los trapitos al sol y definimos un destino para nuestro futuro.

 

_ Muchachos, cuando termine la secundaria me voy a la mierda, no quiero vivir más acá, se terminó.

_ Pega, esas decisiones no se toman de un momento a otro, en caliente, y menos por una mina, tenés que estar convencido de lo que querés.

_ No Pappo, yo estoy seguro, me quiero ir. Es más, me encantaría que ustedes me acompañen.

_ La verdad que no me lo había puesto a pensar, pero si me lo decís así creo que yo también me animo a dejar este pueblo, me tira la gran ciudad.

_ Chicos, no se apresuren, irse es sólo una parte de dejar la costa, la otra es saber a dónde ir y para qué. Este dice “la gran ciudad”, ni siquiera tenemos guita para tomarnos un bondi, ¿cómo quieren que nos vayamos?

_ Maurito, eso es lo de menos, lo importante es irse de acá y arrancar de cero, en cualquier lado. Puede ser Mar del Plata, La Plata o Capital. Algo vamos a hacer, no nos preocupemos por eso ahora, planeemos la salida.

_ Y la verdad que tenés razón, por ahí el dónde es lo de menos, lo importante es poder darnos cuenta que acá no tenemos futuro, que no hay caminos por seguir más que esperar diez meses a que sea verano otra vez, año tras año.

_ Y si, es más, podemos irnos y volver solamente las temporadas… ¿Vos Pochito qué onda? ¿Te venís con nosotros?

_ Yo por ahora no sé qué voy a hacer, tengo que laburar con mi viejo todo el año… Igual Nico y Osito arrancan para España y eso me tira un poco más, aunque aquellos tienen papeles y yo no. Algo voy a inventar…

 

Había sido la primera vez que salía el tema de marchar y parecíamos estar de acuerdo. Sin embargo, los meses siguientes pasaron y la idea de partir no volvió a ser tema de conversación entre nosotros. Nadie se animaba a sacar la charla pese a que Pappo, El Pega y yo lo pensábamos por dentro.

 

Más allá de que los tres habíamos declarado nuestra intención de abandonar la costa, esa noche surgió algo mucho más importante: la confesión de Pappo, que desató una maratón de confesiones.

 

_ Chicos, yo hay algo que quiero comentarles y espero que no les joda, pero si vamos a embarcarnos en esta aventura juntos quiero que sepan algo que llevo guardado hace ya un largo rato.

_ Pappo, si vos también sos gay no tenés por qué ocultarlo, somos tus amigos y estamos para apoyarte. O sea, no literal, no te entusiasmes tampoco, goloso.

_ ¿Cómo yo también? Igual no, nada que ver. Pero para, ¿quién es gay?

_ Va, en realidad no sé, pero para mí que el Tincho si aún no se definió está en duda. Igual olvídate, lo queremos a él y también te queremos a vos, pero no hay necesidad de secretos, ¡sos libre hermano!

_ No Pega, me parece que no. Es cierto que nunca lo vimos mostrar interés en ninguna chica hasta el momento, pero creo que tiene que ver con que es un tipo tímido y relajado. De ahí a que sea gay hay un trecho largo. Pero bueno, él sabrá, no es algo que tenga que andar contando tampoco, cosa suya.

_ No sé Pappo, pero bueno, decinos entonces: ¿Qué pasó?

_ Gaby…

_ ¿Andas con Gaby?

_ Sí.

_ ¿Y por qué tanto secretito? 

_ Justamente, porque para mí el Tincho está re enamorado de ella.

_ ¿Te parece Pappo?

_ Si Maurito, me pidió que le hiciera gancho y terminé yo estando con ella…

_ No me parece tan grave, si la loca quería estar con vos… No podías hacer nada.

_ Si chicos, sí que podía. Podía no hacer nada y si bien no los enganchaba por lo menos no lo cagaba. Es mi amigo y lo traicioné.

_ Pappo, no te rompas el bocho. Además, siempre hay tiempo para revertir las cosas.

_ Si Maurito, pero no fuiste vos, ni fue El Pega, fui yo, y a mí sí me pesa la conciencia, yo no soy un garca como ustedes.

_ Bueno, si vamos a confesarnos quiero que sepas que yo hace casi seis meses que ando con Anita.

_ ¿Qué Anita?

_ La novia de tu hermano…

_ ¿Posta? No te lo puedo creer Maurito, que no se entere Emilio porque te mata. Igual ojo, ellos terminaron.

_ Si, ya se. Hace dos meses…

_ Que garca… pero bueno, tampoco era algo que dependía sólo de vos, si la mina lo iba a cagar iba a ser con vos o con otro, tarde o temprano.

_ ¡Claro! Eso mismo pensé. Y como tengo buena relación con tu hermano pensé que por ahí para él sería mejor que ella lo cagara con un conocido y no con cualquiera. Así que lo hice más por él que por mí…

_ Al final chicos, permítanme acotar algo, son los dos unos garcas. Yo soy el único gil enamorado que no se manda ninguna.

_ Pega, vos podés chamuyarnos a todos, ponerte en lugar de victima si Cecilia te caga y todo lo que vos quieras, pero a mí no me jodas, ¡hay algo entre vos y Naly hace como tres semanas!

_ Pega, ¡no me digas! ¿Es posta lo que dice Maurito? El otro día en clase hablaban de que ella aún era virgen y que hasta el casamiento no pensaba cambiar de estado.

_ Paren la moto que están agarrando la ruta y esto no tiene ni banquina. No es así como dicen. Es cierto, me di un par de besos en estos últimos tiempos, pero no pasa nada. Y si, sigue siendo una virgen porque no quiere saber nada.

_ ¿Te pide que dejes a Cecilia?

_ Sí. Y por eso mismo hago todo este circo de vengarme de ella y de pedir licencia en la escuela por problemas emocionales, pasa que si se entera que cortamos y estoy bien va a querer ponerse de novia.

_ Pero Pega, yo esto lo veo como un círculo vicioso. Por más que sigas con ella sin estar de novio nunca vas a poder conquistarla en la cama, o te pones de novio o nada. No es que si cortas, pero estas triste, ella va a acceder a tener su primera vez con vos, al contrario, va a suponer que no hay trabas para que los dos estén juntos.

_ No se chicos, no sé qué hacer.

_ Perdón, pero a mí me parece que no está bien todo eso. Yo creo que si no la querés, si no sos el novio, si no estás enamorado, no se merece que te acuestes con ella. La vas a lastimar y no vale la pena Pega.

_ Pappo, ¿seguro que no sos gay?

_ Si Pappo, dejate de joder. ¿Le tocaste una teta a Gaby al menos?

_ Chicos, no pasa por ahí. Hay que saber distinguir. Naly es una piba divina, que se merece lo mejor.

_ Pappo para un poquito, ¿desde cuándo sabés cómo es Naly? No estarás guardando otro secretito vos, ¿no?

 

El silencio de Pappo ante mi pregunta me remitió directamente a la frase “el que calla otorga”, y fue esa noche en comisaría que muchos trapitos salieron a la luz. Tantos meses juntos, tantas charlas entre amigos, y no nos conocíamos ni un poco.

 

Por suerte asumimos que si nos embarcaríamos en un viaje sin rumbo y sin regreso debíamos sincerarnos y darle fuerza a nuestra relación para que nada interviniera en nuestra amistad, para que ninguna mentira o historia oculta rompiera con eso que veníamos construyendo.

 

_ Está bien Pappo, qué te voy a decir. Yo también lo mantuve en secreto. Ninguno de los dos sabíamos que andábamos con la misma chica.

Nuevamente hubo un silencio y la cabeza agachada de Pappo me hizo pensar que aquellas rejas merecían mantenernos encerrados de por vida.

_ Pappo, no me jodas. ¿Vos sabías?

_ Si Pega, sabía. Pero ella me decía que no te dijera nada. Ah, y otra cosa, lo de virgencita no es tan así…

_ Me estás diciendo que…

_ Sí. Exactamente.

 

Pero Pappo no había sido el afortunado de quedarse con el fruto de ese árbol caído.

_ Pappo, eso sí es ser garca, ¡yo la vengo remando hace meses!

_ ¿Meses? Yo estoy con Naly hace un año y medio en secreto, todo por debajo de la mesa, sino la perdía a Gaby, y a Aldana…

_ ¿Aldana también? Ah bueno. Mirá de todo lo que me vengo a enterar.

_ Igual ojo Pega, que yo todavía tampoco pude estar con Naly.

_ ¿¡Qué!? ¿Con quién más anda?

 

Los ojos de Pappo se pusieron sobre mi rostro y no hubo mucho que pudiera hacer, mi amigo me había entregado, sacó a la luz nuestro mayor secreto.

_ ¿¡Maurito!?

_ Es cierto. Pero yo no ando con ella… Fue una noche de desenfreno después del boliche, a principios del año pasado. Después de eso ella me dijo que sólo volvería a estar con un chico estando de novia, y no así porque sí.

_ Te das cuenta… este nos garcó a los dos Pappo.                

 

No nos quedó más que reírnos juntos de todo aquello que veníamos contando, era eso o romper la amistad entre los tres para siempre, y justamente eso era lo contrario a lo que queríamos.

 

Había algo cierto en todo esto, para poder seguir debíamos comenzar todo de nuevo, todo de cero, como si empezáramos a escribir sobre una hoja en blanco.

 

El oficial Feimann nos abrió la puerta y nos dijo que anduviéramos con cuidado, que nada de andar mostrando el culo por la peatonal porque saldría morado de la comisaría la próxima vez que nos encontraran practicando exhibicionismo en la vía pública. No sabía con quién se metía, iríamos por más.

Episodio V: Casi 40

Nuestro futuro era oscuro, teníamos mucho trabajo por hacer, pero no nos importaba. Sólo pensábamos en la semana libre por el viaje a Bariloche, al cual no íbamos por problemas económicos, pero sí viajaríamos a Las Toninas por una inolvidable estadía en un camping cerca de la playa.
 

La semana comenzaba de manera extraña, nos había parecido raro que El Pega faltara dos días seguidos a la escuela. Sin dejar pasar más tiempo esa misma tarde fuimos hasta su casa para averiguar lo que sucedía y ver si podíamos darle una mano.

 

Su madre nos contó que nuestro amigo estaba surfeando en Miramar, pero que aún no tenían noticias sobre él. No quisimos decir nada, pero era obvio que a nuestro amigo lo había agarrado la tormenta de la que todos hablaban. Y que seguramente El Pega estaría muerto, flotando en el Atlántico.
 

Nos fuimos rápidamente porque se nos caían las lágrimas y su madre comenzaba a sospechar que algo malo podría haberle pasado a su hijito. Pero con Pappo nos acordamos de que teníamos su mazo de naipes que representaba al grupo, lo que nos daba esperanzas de que tarde o temprano lo volviéramos a ver, aunque fuese en la tapa de algún diario cuando encontraran su cuerpo.
 

El miércoles había llegado y con Pappo teníamos un encuentro muy importante: una partida de truco contra unos pibes de otro salón. No era nada fácil y era una pica que venía desde hacía rato, así que había mucho en juego además del cajón de cerveza y los cinco vinos Gual que habíamos apostado.
 

Las malas noticias llegaron temprano: nos tocaba de visitante. Esperamos al timbre del primer recreo para trasladarnos al aula del equipo rival, nos miramos a los ojos y ocupamos las sillas vacías que esperaban nuestra llegada. Comenzó la partida.
 

Con nuestro talento y unos cuántos anchos de espadas pudimos sacar once puntos de ventaja en el primer chico. Sin embargo, los ojos de Diana puestos sobre Pappo constantemente lo llevaron a perder la concentración y a arriesgar cuando no debía, a mentir cuando no hacía falta y a perder el control del juego que de a poco nos atoraba el cuello y el marcador.
 

Ganamos con lo justo el primer chico, pero perdimos el segundo rápidamente por una falta envido mal echada por Pappo. No llegábamos a los 27 y nuestros rivales contaban con 32 de mano.
 

Era el momento de definir el juego y nadie arriesgaba demasiado. Tanto a tanto fuimos metiéndonos en los últimos 10 puntos del juego, la tensión había aumentado de manera abrupta y las hinchadas se juraron terminar la partida a la salida.
 

El timbre que anunciaba el final del recreo desató la desesperación tanto de los jugadores como de los concurrentes. La Parca y el fantasma de la B parecían acercarse y aun así decidimos definirlo, eran tiempos de valientes y no podíamos ser menos. Había que dejar la vida sin importar las consecuencias.
 

Liderábamos el partido 28 a 27 y ganamos primera gracias al siete de oro. Nos quedaba un dos y un tres para pelear tercera y la transpiración en las manos de nuestros rivales indicaban que lo habían perdido. Aceptaron el “truco” antes de ver el oro y ahora no había vuelta atrás, por ello fue que nos gritaron “retruco”.
 

Mientras entraban los alumnos que regresaban del recreo empujados por Mabel Clú, la profesora de Lengua, le dimos “quiero” para terminar la partida de una vez por todas y ver quién tenía las cartas ganadoras. Era el momento definitivo, el momento en que uno se hace hombre o se queda sentado en la vereda de los niños, era el instante en que descubriríamos de qué estábamos hechos. Había que dejar el cuerpo en la cancha y transpirar la camiseta hasta la última gota.
 

Desafortunadamente, no pudo ser: Mabel Clú, la profesora más dura y cascarrabias que dictaba clases en nuestro establecimiento, interrumpió la partida cual Guillermo Moreno en reunión de empresarios. 
 

Se acercó rápidamente a la mesa para manotear las cartas, pero pudimos ganarle de mano y tomar el poder del mazo ubicado a mi derecha, de los naipes que ya habíamos jugado y de un total de… 39 cartas.
 

Se nos escapó esa carta que uno siempre rechaza, que genera el enojo de más de uno al recibirla, que ni siquiera te ayuda para el tanto o la mentira. En ese momento se convirtió en nuestra carta más querida, en nuestra amiga del alma. Mabel Clú se había apoderado del 4 de espadas.
 

_ Lo perdimos. Dijo Pappo. 
 

No podíamos darnos por vencidos tan fácilmente. Lo cierto era que ese mazo no era nuestro, sino de nuestro gran amigo El Pega, por lo que en ese momento era el único recuerdo que quedaba de aquel viejo colega.
 

Volvimos al aula. El silencio le ganaba a la sonrisa y la noticia no tardó en llegar, Mabel Clú estaría dispuesta a liberar al cuatro de espadas a cambio del pago de un rescate, que no necesariamente sería con dinero, sino con horas de trabajo voluntario en la escuela. Decidimos no entrar en su juego, era una locura, teníamos que luchar hasta el final por nuestros propios medios sin caer en su trampa.
 

La tristeza no paraba de crecer, en ese momento nuestro amigo El Pega se encontraba desaparecido (no está ni vivo ni muerto dirían algunos), el Tincho estaba internado en el hospital por una pelea que había tenido con un compañero del curso con el que tenía pica desde hacía un largo rato y estábamos realmente complicados en la escuela por las malas relaciones con los profesores. 
 

Ahora se sumaba otra baja, el mazo de naipes, ese símbolo tan querido, tenía tan sólo 39 cartas. Lo peor de todo, lo que más nos dolió, lo que rompió por completo nuestro corazón y se llevó todas nuestras ganas de vivir, fue la pérdida del premio de la partida de truco: vino y cerveza.
 

Sin dudarlo, Pappo y yo decidimos encaminar un rumbo que no nos daba alternativas, había que luchar hasta la victoria siempre. Ese mazo representaba mucho más que un entretenimiento para los recreos o un artefacto para levantar minitas y hacernos lucir por toda la escuela, sino que era el 5to amigo del grupo, aquel que nos había unido, una reliquia que conservábamos de nuestro amigo olvidado, el monumento más grande del Partido de La Costa: el monumento a la amistad.
 

No hubo avances con las negociaciones y el resto de la semana fue muy conflictiva. Cruzamos miradas en dos oportunidades con Mabel Clú pero ésta actuó de manera indiferente, como si la historia del cuatro de espadas ya se hubiese terminado.
 

Era sencillo, ella quería un rescate y nosotros no pensábamos pagarlo, ni con dinero ni con horas de trabajo voluntario pintando la escuela o arreglando las tuberías. El naipe, nuestro querido cuatro de espadas, aparentemente estaba muy bien guardado en la Sala de Profesores: el lugar más seguro del colegio, siempre cerrado con llave y con un guardia de seguridad en la puerta las 24 horas.
 

“Si quieren vayan a buscarlo, pero saben bien que si los agarran en la sala de profesores van a ser suspendidos e incluso puede ser expulsados del colegio”. Eso fue lo único que nos dijo la profesora desde aquel día en que perdimos a nuestro querido cuatro, la chance de quedarnos con un gran premio en una partida de truco y lo que sería una noche con Nadia y sus amigas en la parte trasera de la camioneta del viejo de El Pega.
 

Se fue corriendo la bola dentro del colegio, la noticia salió a la luz, ya no era más un secreto el secuestro de nuestro naipe por parte de Mabel Clú. Fue realmente positivo para nosotros ya que con el paso de los días y la mediatización de la situación fuimos obteniendo el apoyo de gran parte del alumnado.
 

_ ¿Cómo se llega a esta situación Pablo?
_ Mirá, acá hay algo que se deja de lado, y es la libertad de los estudiantes. Sabemos que hay reglas que hay que cumplir, pero no estamos en el ejército, no vamos a salir corriendo hacia el aula cada vez que escuchemos un timbre.
_ Discúlpeme Pablo, pero tampoco se puede armar una revolución cada vez que se les haga cumplir el reglamento.
_ ¿Y usted que sabe de revolución? Acá estamos hablando de una injusticia, de una captura. Creo que con el dialogo sí se puede llegar a buen puerto, pero no con esta idiotez de obligarnos a hacer trabajos voluntarios en la escuela. Además, no le veo nada de “voluntario” si nos obligan a hacerlo.
_ ¿Cómo sigue esto?
_ Vamos a movilizar a las masas. La sociedad no puede quedarse al margen de esta situación, hoy nos tocó a nosotros, pero mañana puede ser la cabeza de otro la que ruede por una institución académica. Sabemos que llegó la hora de sentar las bases para una nueva educación y vamos a luchar para que se haga justicia.

 

La entrevista podría haberse extendido por varios minutos más, pero ni bien el timbre comenzó a sonar Pappo se vio obligado a entrar a la escuela para no llegar tarde a la primera hora de matemática. 
 

En ese mismo momento estacionó su Mercedes Benz la profesora en discordia y el mismo periodista se acercó a ella para obtener su versión y de alguna manera darle “la última palabra”.
 

_ Los chicos hablan de “injusticia”, ¿qué puede decir usted al respecto?
_ Simplemente que son unos imberbes. No entienden nada de la vida estos pibitos y vienen a querer desestabilizar este colegio.
_ ¿Cómo se puede llegar a buen puerto con esta situación?
_ Creo que acá hace falta mano dura. No puede ser que estas lacras anden haciendo lo que se les canta por la escuela como si nada. Ese naipe va a permanecer guardado hasta que yo lo decida. Además, ¿qué tanto? ¡Es un mazo de cartas!
_ ¿Considera la posibilidad de que se desate una fuerte rebelión en el alumnado?
_ Acá la subversión se acabó hace rato, ya se ha triunfado contra ese mal. De todo esto, lo que aprendo es que para el próximo año definitivamente voy a incorporar la historia de la noche de los lápices para que vean lo que pasa con aquellos que se creen superiores al verdadero poder. Y encima después hablan de injusticias… ¡Qué país este!
_ No le robo más tiempo profesora y sepa que desde los medios de comunicación vamos a estar al tanto de esta situación y por supuesto, usted tiene un lugar para expresarse siempre que lo desee, nosotros apoyamos siempre a aquellos que dicen la verdad.
_ Bueno, muchas gracias y estaremos disponibles para cualquier entrevista que quieran realizarnos.

 

El móvil desde nuestra escuela tuvo muy buen rating y junto a él se extendió la noticia a toda la costa. Fue en ese momento, a través de una cadena de mails y un foro que armamos en internet que fuimos sumando apoyo para hacer el reclamo. Ya no se trataba de un cuatro de espadas o de trabajo voluntario, era la dignidad de los estudiantes lo que estaba en juego y la libertad de todos nosotros para participar de la toma de decisiones dentro de las instituciones educativas.
 

No tardamos en definir que al otro día marcharíamos por las calles aledañas a la escuela para hacer nuestro reclamo y pedir la liberación inmediata del cuatro de espadas y la posibilidad de conformar un centro de estudiantes que represente a todo el estudiantado, fuerza estudiantil que tuviera el poder de negociar en bases de igualdad con las autoridades. Ese mismo pedido se extendería en todas las escuelas de la costa.
 

Totalmente reacios a nuestro reclamo, ese mismo día los docentes se declararon de paro y la escuela permaneció cerrada durante toda la jornada. No nos importó, debíamos extender nuestro reclamo y llegar a toda la sociedad. Debíamos hacernos escuchar, era la única forma de hacernos fuertes. Algunos medios de comunicación se acercaron a cubrir la marcha y pusieron al aire una pequeña parte de la movilización en el noticiero.
 

Pese a que aparentemente no habría ningún tipo de vuelta atrás por parte de Mabel Clú, su imagen cayó en grandes porcentajes en la última encuesta realizada por la revista Gentuza. No nos servía demasiado pero era evidente que algo iba a tener que pasar, ya no había vuelta atrás y mientras la imagen del cuerpo docente caía la nuestra crecía.
 

Esa noche no pudimos dormir por los nervios. Estábamos debilitados. Pappo y yo sólos no podríamos aguantar la presión, pese al apoyo de un centenar de personas nos faltaban dos amigos que eran fundamentales para el equilibrio emocional del grupo.
 

Fue en ese momento de duda y de reflexión en que recibimos un llamado desde Mar del Plata. Era El Pega, estaba con vida. Habló de manera pausada porque se encontraba en un estado crítico. Había tenido fuertes lesiones tras ser arrollado por una ola de cuatrocientos metros de altura en la costa de Miramar. Nos contó que fue trasladado al Hospital Galtieri de Mar del Plata luego de pasar seis noches tirado sin moverse en la playa donde arribó posteriormente a ser golpeado por la ola.
 

Por otro lado El Tincho había sido dado de alta y se encontraba haciendo reposo en su casa, por lo que lo pusimos al día con la situación que estábamos atravesando. El Pega se enteró poco después y a causa de ello perdió la alegría de haberse salvado de aquel trágico accidente.
 

Llegó el sábado. Compramos unas cervezas y unos Bordolinos para ver el partido entre Independiente y San Lorenzo y charlar un poco para ponernos al día. Luego de semanas separados nos encontrábamos por primera vez juntos y debíamos actualizarnos rápidamente de todos los hechos sucedidos. Pero El Pega no lo podía creer, contaba una y otra vez los naipes y daba siempre el mismo número: treinta y nueve. 
 

_ Casi 40… Se puede jugar igual. Propuso El Tincho.
_ No. Respondió El Pega. Acá lo que falta es un amigo, es el 4 de espadas y las cosas no van a quedar así.

 

Aprovechamos el fin de semana para diseñar nuestro plan de lucha y definir cómo afrontaríamos las siguientes semanas en la escuela. Nos empujaban a que utilizáramos la fuerza y eso haríamos. Se había acabado nuestra paciencia y con El Tincho y El Pega de regreso no nos andaríamos con chiquitas, el grupo unido jamás sería vencido.  
 

El lunes llegamos a la escuela y el panorama era totalmente diferente a cómo lo imaginábamos: camionetas de Crónica TV y TN en la puerta, veinte gendarmes protegiendo la entrada, patrulleros en las calles cercanas a la escuela y policía a caballo en las esquinas donde siempre nos reuníamos antes de ingresar.
 

A su vez había por lo menos doscientas personas reclamando con pancartas y megáfonos en la vereda, muchos de ellos padres y ex alumnos que buscaban romper con la idiosincrasia del colegio, aquello que nosotros habíamos sacado a la luz por los medios de comunicación.
 

No lo podíamos creer, todo el pueblo estaba de nuestro lado luchando por nuestra causa y buscando cambiar el sistema educativo como nosotros lo habíamos impulsado, aunque sin demasiada importancia, a nosotros nos faltaban tan sólo meses para terminar la escuela. Lo que en realidad nos interesaba era recuperar el cuatro de espadas. 
 

Al llegar vimos que a un costado de la escuela se encontraban Mabel Clú y Héctor Villar, el rector del colegio. Hicimos contacto visual y notamos su cara de preocupación. No tardaron en hacernos señas para pedirnos que nos acercáramos.  
 

_ Vamos los cuatro.
_ Si, vamos todos, pero ni bien me acerque le saco el cuatro de espadas por las buenas o por las malas.
_ Pega no seas loco, están todas las cámaras. Comportémonos como adultos y busquemos el diálogo, mirá el respaldo que tenemos, no podemos utilizar la fuerza, nos va a jugar en contra.
_ Maurito tiene razón Pega, vamos los cuatro pero tranquilos. Si todo sale bien hoy recuperamos el cuatro de espadas y conformamos ese centro de no sé qué mierda que tiré la otra vez en la tele.

 

Nos acercamos lentamente mientras la gente aplaudía nuestra llegada y coreaba eufóricamente “se siente, se siente, el cuatro está presente”. Nos escoltaron Clú y Villar hasta la dirección y nos sentamos a dialogar sobre la situación para terminar de una vez por todas con lo que estaba ocurriendo.
 

_ Chicos, sabemos que ustedes quieren el cuatro de espadas y la verdad es que a nosotros no nos interesa. Así que acá lo tienen.
Héctor Villar era el vocero y nosotros aguardamos en silencio a ver cuál era la propuesta del rector. Apoyó el naipe en la mesa y lo mantuvo contra ella con tan solo un dedo.

 

El Pega, que se encontraba al borde de llevarse por lo menos seis materias se animó a más y le retrucó al rector.
_ Villar, ¿usted se dio cuenta lo que está pasando allá afuera? No nos vamos a ir de acá con un naipe nada más.
_ Sé que los cuatro están un poco comprometidos con las notas. Les propongo un pequeño trato y salimos ganando todos. Ustedes se llevan el cuatro de espadas y también les garantizo que terminan el año en diciembre sin llevarse ninguna materia. Eso sí, hay dos condiciones.
_ Ni sueñe con que hagamos “trabajo voluntario”.
_ No, nada de eso. La primera, con respecto a la aprobación del año, ustedes deberán tener una asistencia prácticamente perfecta en lo que resta del ciclo y trabajar como si nada, hacer las pruebas como siempre y participar en clase. No importa si aprueban o no los exámenes, la nota va a ser siempre superior a siete.
_ Perfecto. ¿Y la otra?
_ Tiene que solucionar el quilombo que hay allí afuera. No sé cómo, pero esto se tiene que terminar hoy, ahora mismo.

 

Mientras cerrábamos la negociación escuchábamos las balas de goma y los gases lacrimógenos en la puerta, los gritos y las corridas, los caballos al trote y las sirenas de los patrulleros.
 

_ Muy bien. Saldremos y diremos que todo se ha normalizado, se terminó, hay que volver al aula.
 

Salimos a la puerta los cuatro juntos. Uno tendría que ser el vocero y nuestras miradas fueron hacia El Pega. Nos paramos en la tarima de la entrada, junto a la bandera Argentina y pedimos la atención de la masa para poder expresar nuestro mensaje.
 

_ ¡Compañeros! Entablamos una mesa de diálogo con los directivos de este establecimiento. (El Pega alzó con su mano derecha el naipe tan deseado y la gente festejó con el ya tradicional canto y el agite de las banderas). ¡Recuperamos el cuatro! (el festejo se hizo aún mayor). 
 

En ese momento los manifestantes esperaban alguna otra novedad, querían saber si se había obtenido el permiso para conformar centros de estudiantes con voz y voto dentro de la escuela.
 

El Pega nos miró sin saber cómo proseguir y la verdad es que no obtuvo ningún tipo de guiño de nuestra parte. Había quedado en banda y definiría la situación a su manera.
 

_ ¡La casa está en orden!
 

La euforia no se hizo esperar y el mensaje se interpretó como que habíamos logrado todos nuestros reclamos. La gente enloqueció y el festejo se extendió hasta el atardecer en el monumento a San Martín sobre la avenida principal de Mar de Ajó.
 

_ Pega, ¿Estás loco? ¿Cómo les vas a dar a entender que logramos todo si lo único que hicimos fue ganar nosotros cuatro?
_ Ya fue boludo ¡vamos a festejar que aprobamos el año, que estamos los cuatro bien y que recuperamos a nuestro cuatro de espadas!

 

La verdad era que la jornada no podía terminar de otra manera. El mañana nos despertaría nuevos enfrentamientos y de alguna manera u otra podríamos salir ganando si lo intentábamos y si nos manteníamos unidos.
 

Eran tiempos de luchar.

Episodio VI: Punta Médanos

Volvió Bonifacio a dictar sus clases luego de varios días de ausencia por haber consumido “sustancias peligrosas para el organismo”. Su regreso nos alegró mucho a todos porque teníamos un campamento planeado para esa semana, la profesora se había solidarizado con nosotros por el hecho de que no íbamos a Bariloche de viaje de egresados. 
 

La idea en un principio era irnos una semana a Villa Carlos Paz, Tandil, o a Las Cataratas del Iguazú, pero como finalmente no nos alcanzaba el presupuesto, arreglamos para irnos a pasar dos días a Punta Médanos y acampar en el camping del faro. Un lugar precioso ubicado a tan sólo veinte kilómetros de distancia de Mar de Ajó. 
 

Se acercaba fin de año y éramos menos que al comienzo, algunos se habían quedado en el camino por excederse de faltas, otros se pasaron a la mañana porque era “más tranquilo” y otros dos alumnos fueron expulsados luego de haber sido pillados masturbándose el uno al otro mientras mirábamos un video de educación sexual en la biblioteca. De modo que para fin de año éramos solamente catorce alumnos los que permanecíamos en tercero de humanidades del turno tarde.
 

La profesora nos dio la mejor noticia de la semana: “viajamos mañana”. Ni bien terminó de anunciarlo comenzó el descontrol, no lo podíamos creer, al otro día partíamos de viaje, algunos chicos nunca habían viajado solos sin sus viejos por tanto tiempo, estaban felices.  
 

Llegamos al camping “Faro Ron Jeremy”, y nos instalamos rápidamente para aprovechar el poco tiempo que teníamos. Con El Pega y Pappo nos sentíamos tranquilos estando lejos del pueblucho, últimamente las cosas no andaban del todo bien, sobre todo después del episodio denominado por la prensa como “la trama del cuatro de espadas”.
 

En la parte más oscura del camping decidimos hacer un lindo fogón todos juntos para concluir la primera jornada. Echamos leña al fuego, guitarras en mano y “detrás de las paredes que ayer se han levantado…”
 

Junto a la música y el fuego tomamos unos tragos y comimos unos caramelos para dormimos temprano y estar bien descansados. El día siguiente se propiciaba muy agitado ya que nos esperaba una actividad rebuscada para realizar en el faro: deberíamos recorrer los alrededores en busca de algún objeto natural para obsequiar como recuerdo de nuestra visita al mayor centro turístico de la zona.
 

Al día siguiente comenzamos a primera hora con la propuesta del cuerpo docente y haciendo un increíble trabajo grupal entre los cuatro logramos arrancar una pesada placa de bronce perteneciente a la fundación del faro firmada por Hipólito Yrigoyen y Sandro, quién cantó en dicha inauguración.
 

Al finalizar la actividad con cierto tiempo de anticipación, nos sobraba un rato lago para poder vaguear, por lo que buscamos algunas “chicas” para matar las horas.
 

Pappo se encontró con Gaby y pese a que hacía varios meses que no estaban juntos, ese día se dio una especie de “reconciliación”, lo que significaba un problema de cara a nuestra idea de partir. No nos quisimos meter en el medio, tarde o temprano esa historia sería parte del pasado.
 

El Pega hacía un largo rato que andaba detrás de Micaela, una de esas chicas que cuando a uno le preguntan si está buena uno responde “es una gran persona, de enorme corazón”.
 

El Tincho avanzó finalmente a la profe Bonifacio que, pese a que se encontraba cerca de jubilarse, se dio el lujo de revivir viejas anécdotas de la mano de nuestro amigo de 17 años. Pasaron una tarde inolvidable juntos.
 

Yo me quedé a un costado, sólo, viendo al Tincho con Bonifacio descansando entre los médanos, preguntándome qué me pasaba que no quería estar con ninguna mujer. ¿Serían las ansias por viajar? ¿Serían los nervios por lo del cuatro de espadas? ¿Quizás era gay?
 

Al cabo de unas cuantas horas llegamos al punto de encuentro de la cursada donde cada uno debía compartir lo que había encontrado para regalar como suvenir. Fue en ese momento que notamos que Gaby no estaba acompañada de la mano de Pappo como sí lo estaba El Pega con Mica y el Tincho con Boni. 
 

Antes de generar desesperación entre el alumnado por la desaparición de nuestro amigo, esperamos a que finalizara la exhibición. Presentamos la placa y recibimos una gran cantidad de insultos por parte de los docentes, por lo que decidimos alegar que Pappo había sido el que había arrancado la placa de la pared. Pero eso realmente no nos importaba, estábamos asustados por la ausencia de nuestro amigo.
 

El Faro de Punta Médanos siempre tuvo fama de ser un lugar peligroso. Leyendas urbanas aseguran que existen grandes familias de caníbales entre los bosques; que lo habitan cientos de duendes que suelen vengarse de los turistas por los daños que le hacen a la naturaleza y también hay quienes aseguran que hay buscadores de tesoros que intentan eliminar a todo ser humano que se acerca a esos rincones.
 

Muy preocupados, nos arrimamos a Gabriela para preguntarle dónde había quedado nuestro amigo. Pero su rostro fue suficiente para que nos diéramos cuenta de que algo malo había pasado. A su vez, nos aseguró que Pappo le dijo que se adelantara, que no quería que llegaran juntos, por lo que se quedó atrás. 
 

El cielo se nos vino abajo. Nos asustamos muchísimo al pensar que a nuestro amigo le había pasado lo peor, algo que para la nochecita parecía evidente. La palabra “tragedia” se repetía en el aire, algo le había sucedido a nuestro gran amigo, esa idea se había vuelto carne en nosotros. La sensación ya no formaba parte de nuestro imaginario, teníamos la certeza de que Pappo se encontraba en peligro.
 

Pero claro, nosotros no fuimos los únicos que sospechamos algo raro por la ausencia de nuestro amigo. La profesora también se dio cuenta, al igual que el resto de los chicos, por lo que se decidió ir en busca de Pappo. 
 

Luego de tres horas de intensa búsqueda llegó el momento de emprender el regreso, por lo que Bonifacio decidió partir pese a la desaparición de Pappo. La profe aseguraba que lo mejor era volver y hacer una denuncia en la Comisaría Número Nueve Augusto Pinochet de Mar De Ajó, donde seguramente correrían a buscar el paradero de nuestro amigo.
 

Yo decidí quedarme y El Pega me apoyó, la sentí… Y ahí estábamos, los dos solos con la noche cayendo encima nuestro y la neblina aumentando, oscureciendo aún más el panorama. El Tincho dijo que tenía volver a Mar de Ajó porque se había olvidado el mediomundo en el muelle. 
 

_ No nos separemos Mauro, yo no creo que Pappo se haya perdido. Acá hay algo raro, así que no hagamos como en todas las películas de terror donde uno va para un lado y el otro va para el lado contrario. 
 

Fue en ese momento en que nos tomamos las manos y juntitos nos metimos entre los tamariscos para buscar a nuestro compañero y amigo. Al cabo de unas horas y varios kilómetros de rastreo encontramos algo mucho mejor que nuestro amigo, encontramos lo que tanto buscábamos: un buen lugar para descansar un rato.
 

Pudimos dormir unas cuantas horas para pasar la noche, lo cierto era que no se veía nada y estábamos muy cansados. A la mañana siguiente, con el sol a puestas, continuaríamos nuestra búsqueda. Sin embargo, al despertar, antes de retomar el rastreo, nos inclinamos por reposar un rato en un médano y aprovechar para broncearnos un poco. 
 

Al continuar con la exploración, a plena luz del día y antes de que llegaran los equipos especializados de los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado, tuvimos la suerte de encontrar el paradero de nuestro amigo que, para ser sinceros, era peor de lo que imaginábamos.
 

“¡Pappo!” gritamos prácticamente a dos voces, pero él no respondía, y eso que estábamos a pocos metros. “¡Pappo!” Insistimos, solo nos separaba un pequeño arroyo casi sin agua. 
 

“¡Pappo!” Volvimos a intentarlo. Finalmente pudo reaccionar. Vimos su cara manchada con sangre y barro. Vimos el miedo y el dolor en sus ojos. Vimos su herida, la cual no lo dejaba darse vuelta del todo.
 

No lo podíamos creer, aquella persona que había puesto a nuestro amigo al borde de la muerte realmente no tenía escrúpulos, nunca habíamos visto algo así. Nuestro amigo Pappo tenía una botella de cerveza incrustada en el ano, prácticamente medio envase insertado dentro. Tan solo verlo era tremendo. 
 

Cruzamos el charco y lo cargamos entre los dos para llevarlo de regreso al camping, intentando a su vez quitarle el envase de Heineken (de litro) que sólo sobresalía una parte. Si bien Pappo se negó y suplicó que prefería que lo dejáramos así, como cuando alguien recibe una bala, no le dimos importancia y lo ayudamos con aquel proyectil que parecía estar bien agarrado.
 

Al llegar a la entrada del camping, nos encontramos con la policía que recién llegaba y aprovechaba la mañana para tomar su desayuno en la cafetería del paradero. 
 

Al terminar el café con leche con tres medialunas, algunos cuatro, decidieron pegarse un chapuzón en el mar ya que la temperatura era óptima para ello. Luego descansaron un rato al sol para reponer energías y retornar a su trabajo. 
 

Entregamos a nuestro amigo que se encontraba en un pésimo estado y lo cargaron en su móvil para llevarlo, con mucha paciencia, hasta el Hospital José Chatruc de nuestra querida localidad. 
 

Su estado era crítico, no sólo por aquel suceso donde el supuesto asesino serial se había aprovechado de su soledad en el bosque para tenderle una trampa, sino que en un confuso episodio un ovejero alemán de la policía canina detectó un inminente peligro por parte de Pappo y lo atacó causándole heridas muy profundas en su cuerpo. Aparentemente el ovejero lo “confundió” con un chorro y le zarpó un tarascón en la mano izquierda y en el muslo derecho, además de arrancarle un dedo del pie derecho.
 

Subieron a nuestro amigo al patrullero y nos preguntaron si alguno de nosotros quería acompañarlo. Respondimos que “no” prácticamente al mismo tiempo y la policía impartió el regreso a Mar de Ajó. Primero debían dejar a nuestro amigo en el hospital y luego seguir rumbo a la comisaría para ingresar al laboratorio de la policía científica la única prueba del delito: el envase de Heineken. 
 

El Pega llamó a su viejo para que nos fuera a buscar al camping. Tardaría horas, tenía unos repartos pendientes. Cuestión que aún no sabíamos exactamente qué le había ocurrido a nuestro amigo, pero las probabilidades de que aquellas leyendas fueran ciertas eran muy altas. Algún día lo averiguaríamos.

Episodio VII: Quien dice 3 dice 4

Vivimos situaciones extremas, conflictos inolvidables que marcarían el resto de nuestra amistad y de nuestras vidas. Fue llegando a fin de año cuando finalmente me animé a cumplir la misión que el destino había decidido para mi vida, la de planear nuestro futuro juntos en la gran ciudad, dejando el pueblo atrás para siempre.
 

_ Chicos, ¿se acuerdan del día que pasamos la noche en la comisaría?
_ Si Maurito, me acuerdo. ¿Qué pasó?
_ En esa ocasión ocurrió algo que me quedó guardado en la mente y que quiero que charlemos un poco.
_ ¿Se te cayó el jabón en la ducha esa noche?
_ No chicos, no me refería a eso. ¿Se acuerdan que charlamos sobre dejar Mar de Ajó? ¿Recuerdan que estuvimos varias horas definiendo nuestro destino y planeando cómo partir?
_ Si Maurito, lo recuerdo como si hubiese sido ayer. Pensé que ustedes ya no pensaban lo mismo, por eso no dije más nada.
_ Tal cual, a mí me pasó lo mismo. Ahora que Pappo lo dice y que vos sacas el tema yo aprovecho para contarles que planeo irme después del verano, no aguanto más, termino la temporada y me voy a la mierda.

_ Pega, tranquilo. Nos vamos a ir juntos. Nos vamos a ir los tres juntos. Hay que definir a dónde.
_ Yo tengo unos primos en La Plata y seguro pueden darnos una mano. Además, allá está la Universidad y hay banda de carreras que podemos elegir. Por otro lado, no es tan caro como Capital y es un poco más lejos que Mar del Plata, así que me parece un destino redondo.
_ Bien, si no hay objeciones yo me ajusto al plan de Pappo.

 

Antes de que yo diera mi opinión de sumarme a los chicos con la decisión, sonó el timbre de casa y bajé a abrir la puerta. Era el Tincho. Subimos las escaleras y mientras entrabamos a mi pieza le comenté a nuestro amigo lo que veníamos charlando.
 

_ No loco no, ¿nadie pensaba contarme nada? ¿Nadie se pregunta qué es lo que me pasa a mí por dentro? No, ni una mierda. ¿Acaso mi opinión no vale, lo que yo quiero no importa?
_ No Tincho, no vayas por ahí. No tiene nada que ver. Nosotros tomamos una decisión entre los tres y pensamos que a vos no te iba a interesar, nunca comentaste nada de irte a otro lado.
_ ¿Acaso ustedes sí?
_ Si Tincho, lo charlamos en la comisaría un día que nos detuvieron.
_ ¡Ah justo! ¡No me jodan! Yo paso la mitad de los días en la comisaría y justo el día que hablan de eso yo no estoy. ¿A dónde estaba yo a ver? ¿En la iglesia?
_ No sé Tincho, no me acuerdo, pero fue el día que nos vengamos de Cecilia. 
_ Chicos, paren un poquito los dos. Hablémoslo mejor entre los cuatro y listo, si el Tincho quiere sumarse no veo por qué no pueda hacerlo.
_ Pappo, no me jodas. El Tincho necesita el mar, es un pescador. Así como Palermo necesita el área, nuestro Martín necesita el agua. Así como el delantero de Boca trata de clavarla en la red, nuestro amigo necesita la red para sacar las corvinas. No hay con que darle, El Tincho sin el mar es como Palermo sin la pelota.
_ Dejate de decir pelotudeces Pega, ¿qué Palermo? El Tincho es parte de este equipo, y si nosotros nos vamos y él quiere sumarse, va a venir con nosotros. Es así de corta.
_ ¡La tuya es corta Pappo! Pero muy bien, veo que ya lo decidiste solito esto. Igual, yo no digo que no venga, simplemente digo que por ahí él necesite pensarlo así como lo pensamos nosotros, varios meses.
_ Chicos, yo lo vengo pensando hace años, pero siempre me faltó iniciativa. Supongo que siempre me faltaron ustedes. Realmente es lo que quiero, ¿qué voy a hacer acá? Nada. Menos sin mis amigos.
_ Si es así, supongo que no hay nada más que hablar. Nos vamos los cuatro, como si fuésemos un equipo de papi fútbol.
_ Pero Pega, los equipos de baby futbol tienen cinco jugadores…
_ Papi futbol dije, no baby.
_ Es lo mismo…
_ Callate Pappo, no entendés nada vos.

 

Fue en ese momento que tomamos la determinación de viajar, de irnos, de partir de la costa para nunca más volver. O bueno, al menos no por los siguientes tres meses.
 

Sin embargo, pese a que lo teníamos decidido, aún faltaba cierto tiempo y necesitaríamos juntar algo de dinero con algún trabajo en la temporada. Lo concreto era que ese sería nuestro secreto, nadie podría saber que teníamos pensado marchar, nadie. 
 

El destino se preparaba. Nosotros también.    

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